Violencias cotidianas

"Dreamakers", de Cartier Bresson 
Un grito sacude la quietud de la noche. Un grito femenino, sostenido y aterrador. El ruido de corridas y el estruendo de una voz masculina. Quien escucha, se inventa una historia de inseguridad, un robo más. Algo que, de tan cotidiano, ya se naturaliza. Y la pregunta es ¿qué hacía esa mujer sola a la madrugada de un domingo por esa calle tan oscura? Casi nadie se preguntará sobre los arrebatadores. Se juzga, se condena, se presupone, se sacan conclusiones…
Desde los principios del tiempo, a las mujeres se nos unifica y generaliza;  se nos pone en el lugar de las víctimas. Son mujeres las que aparecen confundidas con la basura, cuerpos despojados de vida, descartados, violentados. Se habla de “las mujeres”, como si se tratara de un bulto informe en el que no se distinguen aquellas pequeñas cosas que nos hacen únicas. Dicen que Dios está en los detalles. ¿Dónde está Dios en las mujeres? ¿Qué hace que un hombre asalte y arrebate la dignidad de una mujer? Se habla mucho, se escribe, se manifiesta sobre la violencia de género, se hacen leyes, se intenta un cambio de paradigma… y, sin embargo… siguen apareciendo cuerpos mutilados, maltratos que no se denuncian (y por lo tanto, no se visibilizan). Acaso en estas afirmaciones haya una resignación o un hartazgo ante las violencias cotidianas a las que somos sometidas (utilizo un plural cuando, al decir de Cortázar, hablo de mí, cualquiera se da cuenta): las groserías que nos gritan en la calle (algunas nos dan tanta vergüenza y asco que preferiríamos bañarnos con ácido), los toqueteos en espacios públicos, los gritos (indiscriminados) de los colectiveros…
Sobre violencia cotidiana y violencia de género, sostiene Susana Velázquez, autora del libro “Violencias cotidianas, violencias de género. Escuchar, comprender, ayudar.” que la omisión se puede comprender como una estrategia de la desigualdad de género: si las violencias se consideran “invisibles” o “naturales” se legitima y se justifica la arbitrariedad como forma habitual de la relación entre los géneros. Definir la violencia contra las mujeres implica describir una multiplicidad de actos, hechos y omisiones que las dañan y perjudican en los diversos aspectos de sus vidas y que constituyen una de las violaciones a sus derechos humanos.
Esa es la realidad. Y duele.
La realidad duele y paraliza porque no tiene reglas. Simplemente sucede. La ficción, en cambio, sigue reglas y, aunque sorprende, nos garantiza la seguridad. “Es ficción”, nos tranquiliza. Cuando éramos chicos, seguramente, alguien (¿nuestro padre? ¿nuestra madre? ¿algún tío o hermano? ¿un amigo?) nos tranquilizó con un enunciado similar. Nada más traumático que la muerte de la mamá de Bambi (¿quién resistió sin lágrimas esa escena? ¿cómo se va a morir la mamá de Bambi?). Sin embargo, como es ficción, pronto volvimos a la normalidad de nuestro pequeño mundo infantil.
En literatura, el peso del prejuicio hace que todavía muchos crean que, cuando una mujer escribe una novela protagonizada por una mujer, está hablando de mujeres, mientras que cuando un hombre escribe protagonizada por un hombre, está hablando del género humano. Rosa Montero escribe sobre Doris Lessing y escribe sobre la propia experiencia. Ser mujer y escribir sobre mujeres protagonistas es un desafío que abordaremos en futuras entregas.
Para finalizar, tomo como propias las palabras de Joyce Carol Oates  Cuando la gente dice hay demasiada violencia en mis libros, lo que están diciendo es que hay demasiada realidad en la vida.

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